Hace unos días tuve la oportunidad de acompañar en su gira a nuestra Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, durante su visita a la Universidad Politécnica de San Luis Potosí. La acompañaban el Gobernador Ricardo Gallardo Cardona, Zoé Robledo, Director General del IMSS, y Leticia Ramírez Secretaria del Bienestar. La agenda fue sencilla: visitar la Universidad, convivir con estudiantes, reconocer a jóvenes deportistas que destacan a nivel nacional y representarán a México y conocer algunos de los proyectos que hoy se desarrollan dentro de la Universidad.
Lo describo así porque… eso exactamente ocurrió; Sin embargo, bastaron unas horas para que el acontecimiento comenzara a desaparecer detrás de las interpretaciones sobre el mismo. Lo que había sucedido dejó de ocupar el centro de la conversación y fue sustituido por otra discusión: quién estuvo, quién no estuvo, quién fue convocado, quién quedó fuera, quién ganó, quién perdió y qué mensaje oculto debía encontrarse detrás de cada fotografía, cada saludo o cada ausencia, que si a alguien regañaron o si el mundial gustó o cuando llegó.
Y entonces me llamó la atención algo que parece repetirse cada vez con más frecuencia en la vida pública mexicana: Pareciera que, lamentablemente, para muchos políticos y sus asociados existe una marcada tendencia a convertir cualquier hecho público en un espejo de sus propias obsesiones. La visita ya no era la visita; la Universidad ya no era la Universidad; las estudiantes y reconocidos atletas, ya no lo eran. Todo terminaba reinterpretado desde expectativas, frustraciones, aspiraciones o temores que poco tenían que ver con el acontecimiento mismo, motivo de la visita.
Lo verdaderamente delicado no es interpretar, interpretar es una actividad natural y, en política, a veces necesaria. El problema aparece cuando se comienza a actuar en función de la interpretación y no de los hechos que le dieron origen. Una ausencia entendida como agravio, una fotografía leída como mensaje o una invitación (o no invitación) traducida como exclusión, y terminan generando más neblina que claridad. A partir de ahí… surgen posicionamientos, reacciones, especulaciones y agravios que poco a poco ocupan más espacio que la realidad que “supuestamente” los provocó, hasta el punto en que dejamos de discutir los hechos para discutir las consecuencias de nuestras propias interpretaciones, y ellas pasan a ser la realidad, alterada, sobre la que se pretende analizar.
Durante los días posteriores a la visita leí columnas, escuché comentarios y observé análisis que parecían describir un evento distinto (hasta fantasiosos) al que yo había presenciado. No necesariamente por mala fe; en muchos casos porque el acontecimiento real, a falta de su entendimiento, había dejado de ser relevante, lo “importante” fue el relato construido alrededor de él y, quizá, ahí aparece una pregunta que sorprendentemente pocos se hicieron: ¿por qué la Presidenta decidió visitar precisamente la Universidad Politécnica de San Luis Potosí? En primer lugar.
Mientras buena parte de la conversación pública se concentró en ausencias, acomodos, señales y especulaciones, pasó relativamente desapercibido un hecho elemental: la visita ocurrió, y ocurrió en una institución que la propia Presidenta con su equipo decidió visitar, conocer y reconocer. Si, al finalizar su visita escribió unas líneas en el Libro de Visitantes Distinguidos de la UPSLP y no habló de sucesiones, no habló de disputas internas, estatutos, agravios ni de exclusiones. Habló de educación, de conocimiento, de actividad social y dejó una palabra particularmente poderosa: admiración.
Eso no es una interpretación, es un hecho.
Y quizá ahí se encuentra una de las partes más interesantes de toda esta historia; Mientras muchos buscaban mensajes ocultos, la Presidenta dejó uno explícito. Mientras algunos intentaban descifrar agravios, exclusiones o destinatarios invisibles, ella eligió reconocer públicamente una institución educativa, a sus estudiantes y el trabajo que ahí se realiza. La paradoja es que el mensaje escrito, de puño y letra, terminó recibiendo menos atención que las teorías construidas alrededor de la visita. He de confiesarles que eso me hizo pensar en algo: Tal vez hemos llegado a un punto donde la explicación sencilla, para este caso evidente, nos resulta insuficiente. Pareciera que un hecho público ya no puede tener valor por sí mismo; necesita esconder algo, beneficiar a alguien, perjudicar a otro o anticipar un movimiento futuro… Como si la política, y algunos de sus actores u observadores, hubieran desarrollado una incapacidad para aceptar que algunos acontecimientos ocurren exactamente por las razones que se expresan públicamente.
Y sin embargo, cuando las expectativas sustituyen a los hechos, la realidad deja de ser el punto de partida del análisis para convertirse únicamente en materia prima de nuestros prejuicios. Dejamos de observar para comenzar a proyectar. Dejamos de comprender para comenzar a interpretar. Y dejamos de pensar porque pensar exige una disciplina incómoda: permitir que los hechos contradigan nuestras hipótesis, y no al revés, e inclusive que alimenten nuestros miedos.
La Presidenta visitó una universidad pública, recorrió sus instalaciones, conversó con estudiantes, reconoció a jóvenes y sus familias y dejó un mensaje de admiración hacia una comunidad universitaria. Eso ocurrió. Todo lo demás… vino después.
Quizá por eso la reflexión de esta iteración no tiene que ver con nuestra Presidenta, ni con nuestro Gobernador, ni con nuestra Universidad, ni siquiera con quienes se sintieron incluidos o excluidos de la visita… Tiene que ver con nuestra creciente dificultad para aceptar que algunos acontecimientos poseen valor por sí mismos y con la facilidad con la que convertimos cualquier hecho en una disputa que, en el fondo, habla más de nosotros que del acontecimiento mismo que se pretende explicar.
Porque cuando las interpretaciones importan más que los hechos, dejamos de analizar la realidad y comenzamos a analizar nuestros propios reflejos. Y pocas cosas generan más confusión y neblina política que terminar creyendo que el espejo es el paisaje.
Si no cambió, no fue pensado.
✍️ Néstor Eduardo Garza Alvarez
Maestro en Derecho Internacional y Administración Pública