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¿y si el problema no es la tecnología?

Isabel Cristina

¿En qué momento dejamos de aprender por entusiasmo y comenzamos a aprender por obligación?

La pregunta apareció mientras observaba una escena cada vez más común en el aula de la universidad, frente a una nueva plataforma, algunos profesores exploran, prueban, se equivocan y vuelven a intentar. Otros suspiramos, buscan el manual o preguntan si existe alguna forma de seguir haciendo las cosas como siempre.

Curiosamente, ambos grupos suelen tener algo en común: aman enseñar.

Entonces, ¿por qué reaccionan de manera tan diferente frente a la tecnología?

Un estudio realizado con 270 docentes universitarios mexicanos encontró algo que me pareció profundamente humano, más que una diferencia entre quienes saben usar tecnología y quienes no, existe una diferencia entre quienes logran incorporarla a su práctica educativa y quienes la perciben como una dificultad permanente. Los investigadores los llamaron docentes transformadores digitales y docentes reticentes digitales.

Y aquí es donde la historia se pone interesante.

Porque los profesores reticentes no son menos responsables, menos inteligentes ni menos comprometidos, de hecho, muchos de ellos tienen formación pedagógica, han tomado cursos de TIC e incluso trabajan en las mismas facultades que los docentes transformadores.

La diferencia parece estar en otra parte.

Los docentes transformadores utilizan la tecnología para rediseñar actividades, reorganizar experiencias de aprendizaje, comunicarse con los estudiantes y evaluar de formas distintas. Ven las herramientas digitales como una extensión natural de su práctica docente.

Los docentes reticentes, en cambio, suelen percibir mayores obstáculos para integrar esas mismas herramientas. No es necesariamente rechazo. A veces es cansancio. A veces es incertidumbre. A veces es simplemente la sensación de que aprender una nueva plataforma implica volver a ser principiante después de años siendo experto.

Y seamos honestos.

Volver a ser principiante puede resultar incómodo.

Especialmente cuando has dedicado décadas a construir una identidad profesional basada en la experiencia.

Quizá por eso uno de los hallazgos más provocadores del estudio fue que los profesores con menos años de experiencia docente y profesional tendían a mostrar niveles más altos de competencias digitales.

No porque enseñen mejor.

No porque sepan más.

Sino porque parecen sentirse más cómodos habitando la incertidumbre tecnológica.

Mientras leía esos resultados, pensé en algo que rara vez admitimos: la experiencia es maravillosa hasta que el mundo cambia las reglas del juego.

Y la tecnología tiene la desagradable costumbre de cambiar las reglas constantemente.

Una plataforma nueva.

Una actualización inesperada.

Una inteligencia artificial que aparece de la noche a la mañana.

Lo que ayer funcionaba hoy ya parece insuficiente.

Pero el estudio también encontró algo esperanzador: las competencias digitales tienen una influencia positiva sobre las capacidades docentes, no explican todo, pero sí contribuyen a mejorar la manera en que se diseñan, implementan y evalúan experiencias de aprendizaje.

Es decir, la tecnología no reemplaza al buen profesor.

Pero puede amplificar lo que un buen profesor es capaz de hacer.

Y quizá ahí está la verdadera conversación.

Porque durante años hemos tratado las competencias digitales como si fueran un problema técnico cuando en realidad parecen ser un fenómeno profundamente humano. El propio estudio concluye que los docentes no son un grupo homogéneo y que las estrategias de formación deberían reconocer esas diferencias, motivaciones y necesidades particulares.

Después de todo, no todos aprendemos igual.

No todos tenemos los mismos miedos.

Y no todos nos relacionamos de la misma manera con el cambio.

Así que tal vez la pregunta no sea quién domina mejor una plataforma, una aplicación o la siguiente inteligencia artificial.

Tal vez la pregunta sea otra… cuando el conocimiento que tanto nos costó construir se enfrenta a algo nuevo, ¿seguimos sintiendo curiosidad… o comenzamos a defender nuestras certezas?

Porque quizá la verdadera brecha digital nunca estuvo entre generaciones.

Quizá siempre estuvo entre quienes todavía se permiten aprender y quienes creen que ya terminaron de hacerlo.

✍️ Isabel Cristina

Doctora en Administración Organizacional