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La juventud no cabe en un número

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Hay algo que siempre me ha parecido curioso cuando hablamos de juventudes: pareciera que ser joven fuera simplemente una cifra escrita en una credencial.

15, 18, 25, 29…

Como si al llegar a determinada edad se encendiera un interruptor y dejáramos automáticamente de ser jóvenes.

Pero ser joven es muchísimo más que un número.

Y quizá por eso hablar de juventudes implica, antes que nada, entender que no existe una sola manera de vivir la juventud.

Existen juventudes. Está quien estudia una carrera y quien tuvo que dejar la escuela para trabajar. Está quien vive en una ciudad con acceso a oportunidades y quien vive en una comunidad donde llegar a ellas implica recorrer kilómetros.

Está quien tarda tres horas en transporte para llegar a su universidad y quien tiene una escuela a unos cuantos minutos de casa. Está quien estudia y trabaja al mismo tiempo para poder pagar sus gastos. Está quien emprende mientras termina una carrera. Está quien busca desesperadamente su primer empleo.

Está también quien quisiera participar en activismo, voluntariado o espacios de participación ciudadana, pero simplemente no puede: porque tiene que trabajar, porque el dinero no alcanza, porque el transporte cuesta, porque en casa hay responsabilidades que atender.

Y eso también es juventud.

Por eso, cuando hablamos de jóvenes, tenemos que dejar de imaginarnos una realidad única.

No todas las juventudes comenzamos desde el mismo lugar, tenemos las mismas oportunidades ni enfrentamos los mismos obstáculos. Y reconocer esas diferencias no debería dividirnos. Al contrario: debería enseñarnos a escucharnos.

Porque quizá una de las características más bonitas de ser joven es que todavía tenemos la capacidad —y muchas veces la irreverencia— de cuestionar aquello que otros ya aprendieron a aceptar.

Hay una frase que dice que “ser joven y no ser revolucionario es hasta una irreverencia biológica”.

Y quizá no se trata de querer cambiar absolutamente todo de un día para otro.

Se trata de no conformarnos.

De preguntar por qué.

De levantar la mano.

De decir “esto no está bien”.

De imaginar que las cosas pueden hacerse de otra manera.

De atrevernos. Porque ser joven también es eso: atreverse.

Atreverse a empezar aunque no tengamos todas las respuestas. Atreverse a equivocarnos. Atreverse a cambiar de opinión. Atreverse a defender una causa. Atreverse a decir que no. Atreverse a ocupar espacios que durante mucho tiempo parecieron reservados para otros.

Pero también aprender a escuchar.

Defender nuestras ideas no significa pensar que somos dueños de la verdad.

Ser joven es tener convicciones y, al mismo tiempo, la apertura suficiente para escuchar las de alguien más.

Es debatir sin destruirnos.

Es entender que podemos pensar diferente y aun así construir juntos.

Es descubrir que nuestras causas pueden ser distintas, pero que muchas veces nuestros sueños se parecen más de lo que creemos.

Y creo que ahí está una de las grandes responsabilidades de las juventudes de hoy: no solamente ocupar espacios, sino transformarlos. No queremos estar presentes únicamente en los discursos, en las fotografías o en las estadísticas. Queremos estar donde se toman las decisiones.

Queremos estudiar.

Queremos trabajar.

Queremos emprender.

Queremos participar.

Queremos representar.

Queremos gobernar.

Queremos construir nuestras propias oportunidades y, al mismo tiempo, abrir camino para quienes vienen detrás.

Y también queremos exigir lo que por derecho nos corresponde.

Porque sí: somos jóvenes. Pero eso no significa que nuestras ideas tengan menos valor. No significa que nuestras preocupaciones puedan esperar. No significa que nuestra participación pueda posponerse para cuando seamos “más grandes”.Y tampoco significa que debamos demostrar que somos perfectos para merecer un espacio.

Somos incansables. Somos imparables.

Nos caemos y nos levantamos.

Nos dicen que no y buscamos otra puerta.

Porque quizá eso es lo maravilloso de la juventud: tener todavía suficientes preguntas como para no resignarnos a las respuestas que otros nos dieron.

La juventud no debería ser una etiqueta que se utiliza únicamente cuando conviene.

No deberíamos ser importantes solamente cuando hay que llenar una cuota, organizar un evento o hablar de renovación.

Las juventudes somos mucho más que eso. Somos quienes estamos construyendo comunidad desde nuestras escuelas, nuestros trabajos, nuestras colonias y nuestros municipios.

Somos quienes quizá no tenemos las mismas condiciones, pero compartimos algo profundamente poderoso: las ganas de que nuestra realidad pueda ser distinta.

Y algún día, inevitablemente, los números cambiarán. Tendremos otra edad. Otras responsabilidades. Otros problemas.

Pero ojalá nunca perdamos esa capacidad de cuestionar, de imaginar, de defender aquello en lo que creemos y de atrevernos a comenzar de nuevo.

Porque ser joven no debería medirse únicamente con una fecha de nacimiento. Ser joven es una actitud frente a la vida. Es mirar lo que existe y preguntarnos si puede ser mejor. Es tener el valor de decir “yo quiero intentarlo”. Es caernos sin pensar que la caída define nuestro destino.

Es levantarnos. Es avanzar. Es escuchar. Es exigir. Es construir. Es atrevernos.

Y quizá por eso la juventud nunca ha cabido —ni cabrá— en un número.

Porque mientras existan jóvenes dispuestos a imaginar un mundo diferente y a trabajar para construirlo, habrá una generación que se niegue a conformarse con lo que ya existe.

 

✍️Mei Ham

Abogada