Hay días que no deberían servir solamente para recordar una causa, sino para obligarnos a cambiar la conversación alrededor de ella. Este 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, concluye precisamente un ciclo de tres años cuyo llamado internacional ha sido “Cambiar la narrativa”: abandonar el silencio y el estigma para construir espacios de mayor apertura, comprensión y apoyo. Me parece una invitación mucho más profunda de lo que aparenta. Porque cambiar la narrativa no consiste solamente en hablar más sobre salud mental; quizá también exige preguntarnos cómo estamos hablando, cómo estamos escuchando y, sobre todo, si todavía sabemos estar unos con otros.
Nunca habíamos tenido tantas maneras de saber de los demás. Sabemos dónde están, qué hacen, qué comen, qué escuchan, dónde viajaron y hasta qué están pensando, o al menos aquello que decidieron publicar. Podemos enviar un mensaje desde cualquier lugar del mundo, conocer en segundos lo que ocurre al otro lado del planeta y permanecer conectados durante prácticamente todo el día. Sin embargo, ninguna de esas posibilidades garantiza que conozcamos realmente cómo está quien tenemos enfrente. Hemos multiplicado extraordinariamente nuestra capacidad para estar comunicados sin necesariamente haber aumentado nuestra capacidad para estar presentes.
Las redes tampoco inventaron nuestras inseguridades, la necesidad de pertenecer o el deseo de ser aceptados. Lo que hicieron fue darles una escala inédita. Durante buena parte de la historia nos comparamos con nuestro entorno inmediato; hoy podemos hacerlo, a cualquier hora, con millones de personas que además nos muestran una versión seleccionada de sí mismas. Cuerpos, familias, relaciones, viajes, carreras y vidas aparentemente perfectas desfilan frente a nosotros hasta convertir lo extraordinario en referencia de lo cotidiano. Terminamos comparando nuestra vida completa —con sus dudas, errores, silencios y días malos— con la edición que los demás eligieron publicar de la suya. Y mientras aprendemos a proyectar hacia afuera que todo está bien, quizá hacemos cada vez más difícil reconocer hacia adentro cuando no lo está.
Por eso me parece especialmente acertado que la conversación mundial sobre prevención esté intentando cambiar. Durante demasiado tiempo hablar del suicidio estuvo acompañado de silencio, prejuicio, incomodidad o miedo a no saber qué decir. Cambiar esa narrativa significa también aceptar que no necesitamos tener siempre la respuesta para poder escuchar una pregunta; que acompañar no equivale a diagnosticar; que pedir ayuda no debería representar una debilidad y que la atención profesional no puede ser sustituida por buenas intenciones. La prevención es un desafío complejo que exige instituciones, políticas públicas, profesionales, familias, escuelas y comunidades. Pero dentro de esa responsabilidad compartida existe una tarea profundamente humana que ninguna política pública puede realizar completamente por nosotros: aprender a estar.
Y estar quizá sea bastante más difícil de lo que suponemos. No significa vigilar permanentemente a quienes queremos ni convertir cada silencio en una señal de alarma. Tampoco significa invadir la intimidad del otro o asumir que podremos comprender todo aquello que vive. Estar puede ser algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más exigente: hacer espacio para una conversación que no esperábamos; escuchar sin preparar inmediatamente nuestra respuesta; permitir que alguien no tenga que parecer fuerte, exitoso, feliz o perfecto para seguir sintiéndose parte de nosotros. Construir relaciones en las que decir “no estoy bien” no requiera primero pedir disculpas.
Tal vez ahí exista una contradicción de nuestro tiempo que merece ser pensada. Hemos aprendido extraordinariamente bien a conectarnos, pero conectar y acompañar no son sinónimos. Podemos reaccionar a una fotografía sin mirar un rostro, conocer una ubicación sin conocer un estado de ánimo, intercambiar decenas de mensajes sin haber tenido una conversación. Incluso podemos compartir diariamente el mismo espacio con alguien y haber dejado de preguntarnos verdaderamente cómo está. La tecnología no es necesariamente responsable de esa distancia; sería demasiado sencillo culpar a una pantalla por aquello que también depende de nuestras relaciones. Pero sí debería hacernos conscientes de que ninguna cantidad de conexión digital puede sustituir por completo la presencia humana.
Quizá por eso “cambiar la narrativa” debería comenzar antes de que exista una crisis. Cambiar la manera en que hablamos del éxito, de la fortaleza, del fracaso, de la tristeza y de nuestra propia vulnerabilidad. Dejar de construir comunidades en las que todos parecemos obligados a demostrar permanentemente que estamos bien.
Enseñar a nuestros niños y jóvenes que la vida de los demás tampoco se parece siempre a aquello que aparece en una pantalla y, principalmente, permitirles descubrir que pertenecer no depende de satisfacer un arquetipo, alcanzar una expectativa o esconder aquello que les duele.
No sé si hemos aprendido a estar. Quizá ésa sea precisamente la pregunta que este 10 de septiembre debería dejarnos. No siempre podremos conocer lo que ocurre dentro de otra persona, ni tendremos las palabras correctas, ni podremos sustituir la ayuda que solamente un profesional puede proporcionar. Pero sí podemos contribuir a construir familias, escuelas, trabajos, amistades y comunidades en las que resulte un poco más fácil hablar, un poco menos difícil pedir ayuda y absolutamente innecesario fingir perfección para sentir que pertenecemos.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para estar conectados. Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos si tenemos las mismas para estar cerca.
Porque antes de aprender a estar siempre conectados, quizá tengamos que volver a aprender a estar.
Si no cambió, no fue pensado.
✍️Néstor Eduardo Garza Álvarez
Maestro en Derecho Internacional y Administración Pública