Hay un sonido que hemos aprendido a reconocer incluso antes de saber qué significa. Puede ser una vibración sobre la mesa, una pantalla que se ilumina o una pequeña alerta que interrumpe una conversación. Casi instintivamente volteamos a mirar. No sabemos todavía si alguien nos necesita, si ocurrió algo importante o si simplemente una aplicación quiere mostrarnos una fotografía, una promoción o el último video que considera interesante para nosotros. Pero la interrupción ya ocurrió. Alguien consiguió nuestra atención antes de que pudiéramos decidir si aquello realmente la merecía.
Durante años hemos celebrado la extraordinaria posibilidad de estar permanentemente conectados. Podemos comunicarnos con cualquier persona, recibir información en tiempo real y acceder a conocimientos que antes parecían inalcanzables. Sin embargo, junto con esas capacidades hemos normalizado algo menos evidente: que nuestra atención esté disponible para ser solicitada a cualquier hora y por prácticamente cualquier aplicación. No importa si estamos trabajando, estudiando, descansando o compartiendo tiempo con nuestra familia. Basta con que un sistema decida enviarnos una notificación para que aquello que estábamos haciendo tenga que competir con algo que todavía desconocemos.
Y aquí aparece una pregunta que me resulta cada vez más difícil ignorar. Cuando instalamos una aplicación, una de las primeras cosas que suele pedirnos es autorización para enviarnos notificaciones. Otras solicitan acceso a nuestra ubicación, cámara o micrófono, según las funciones que ofrecen. Hemos avanzado hacia mecanismos de consentimiento y controles de privacidad, pero quizá seguimos haciendo la pregunta al revés. ¿Por qué una aplicación que apenas comenzamos a conocer considera necesario pedirnos permiso para interrumpirnos en el futuro? ¿No debería ser el usuario quien, después de descubrir su utilidad, decidiera voluntariamente cuándo y para qué quiere recibir sus avisos?
La diferencia parece pequeña, pero transforma la relación. Una cosa es permitir que una aplicación funcione, otra aceptar que nos entregue información y una muy distinta autorizarla para que interrumpa nuestra vida con sonidos, vibraciones o alertas visuales. Hemos terminado tratando esos permisos como extensiones naturales de un mismo servicio, cuando en realidad afectan dimensiones diferentes de nuestra autonomía. El acceso a una herramienta no tendría por qué implicar que esa herramienta adquiera también la iniciativa sobre nuestra atención.
Pensemos en la importancia tan distinta que pueden tener los acontecimientos que llegan a una misma pantalla. Una emergencia médica de alguien cercano, un mensaje de trabajo, la publicación de una fotografía, un baile en TikTok o una declaración presidencial pueden activar mecanismos prácticamente idénticos para reclamarnos. Por supuesto, la importancia de cada información depende de nuestras circunstancias; una noticia política puede ser indispensable para quien trabaja con ella y perfectamente prescindible para alguien más. Precisamente por eso resulta extraño que sean las plataformas quienes tengan la iniciativa para interrumpirnos. Lo verdaderamente urgente necesita caminos para encontrarnos, y para muchas situaciones personales ya existen mecanismos de comunicación directa, como una llamada. Lo demás debería poder esperar a que decidamos buscarlo.
Pero las notificaciones no solamente nos interrumpen cuando llegan. También pueden construir una expectativa de que algo está por llegar. Esa inquietud cotidiana que nos hace revisar el teléfono sin haber escuchado nada, comprobar si alguien respondió o preguntarnos si estamos perdiéndonos algo importante. No hablo necesariamente de ansiedad clínica, sino de una sensación mucho más ordinaria y reconocible: permanecer pendientes de acontecimientos cuya relevancia todavía ignoramos. La notificación consiguió entonces algo extraordinario para quien la diseñó: ocupar parte de nuestra atención incluso cuando no existe.
Y no deberíamos olvidar que detrás de muchas de esas interrupciones existe una decisión comercial. Una plataforma que consigue hacernos regresar aumenta sus oportunidades de mostrarnos contenido, publicidad y nuevas recomendaciones. El sonido, la vibración, el distintivo rojo o la reproducción sugerida no son necesariamente recursos aislados; pueden formar parte de una arquitectura orientada a prolongar nuestra permanencia. Sería ingenuo pensar que todas las notificaciones tienen esa finalidad, pero también lo sería ignorar que nuestra atención se ha convertido en uno de los recursos más disputados de la economía digital.
Aquí recupero una pregunta que hemos venido construyendo en estas Iteraciones: ¿quién responde por el entorno que utilizamos? Hemos insistido en formar usuarios capaces de comprender críticamente la tecnología, distinguir información de persuasión y decidir qué merece su atención. Pero esa responsabilidad educativa no puede convertirse en una excusa para dejar intactas las prácticas de quienes diseñan las plataformas. No basta con enseñarnos a silenciar el teléfono si seguimos aceptando que cualquier servicio intente conseguir, desde el primer encuentro, permiso para volver a interrumpirnos.
Quizá deberíamos invertir el principio. Que las comunicaciones personales, los avisos operativos indispensables y las alertas de seguridad puedan contar con mecanismos apropiados a su naturaleza, pero que las recomendaciones de entretenimiento, las promociones y los estímulos destinados a hacernos regresar permanezcan silenciosos hasta que nosotros decidamos activarlos. No se trataría de prohibir información ni de permitir que alguien determine qué contenidos son importantes para todos. Se trataría de reconocer que recibir información y conceder permiso para ser interrumpidos son decisiones diferentes, y que la segunda debería comenzar por iniciativa nuestra.
Porque existe una contradicción que merece ser pensada. Hemos desarrollado tecnologías extraordinarias para ampliar nuestra libertad de comunicarnos, pero terminamos dedicando parte de esa libertad a administrar las interrupciones que esas mismas tecnologías producen. Configuramos horarios, desactivamos sonidos, ocultamos alertas y establecemos periodos de concentración para recuperar algo que, en principio, nunca dejó de pertenecernos. Tal vez el siguiente avance no consista en ofrecernos mejores herramientas para defender nuestra atención, sino en diseñar servicios que comiencen por respetarla.
No necesitamos renunciar a las ventajas de estar conectados. Tampoco convertir cada notificación en una amenaza o cada aplicación en un adversario. Se trata de algo bastante más sencillo: recuperar la iniciativa. Poder consultar una noticia porque queremos informarnos, abrir una plataforma porque deseamos entretenernos o responder un mensaje porque hemos decidido hacerlo, sin que todo aquello que ocurre fuera de nuestra pantalla tenga que competir permanentemente con lo que sucede dentro de ella.
Durante mucho tiempo nos preguntamos cómo conseguir que nuestros dispositivos pudieran encontrarnos en cualquier momento. Quizá ahora debamos preguntarnos si realmente queremos que todos puedan hacerlo. Porque estar conectados no significa estar disponibles, y tener acceso a nuestra pantalla no debería equivaler a tener acceso irrestricto a nuestra atención.
Nuestra atención nos pertenece. Tal vez sea momento de comenzar a tratarla como tal.
Si no cambió, no fue pensado.
✍️Néstor Eduardo Garza Álvarez
Maestro en Derecho Internacional y Administración Pública