Por: La Esfera
En el corazón de Villa de Pozos, la devoción no solo se vive en los templos, sino que late con fuerza en la intimidad de los hogares. Uno de los tesoros espirituales más significativos de la delegación reside bajo el techo de la señora María Juana Martínez Rocha y don Francisco Aguilar Zavala, quienes por generaciones han custodiado tres imágenes que son pilares de la fe local: los Cristos del Lindero.
Este recinto privado resguarda al Señor de Esquipula, un Cristo negro con más de un siglo de historia; al Cristo de la Preciosa Sangre, cuya antigüedad también supera los cien años; y la pieza más longeva de la colección, el Señor de la Buena Muerte, una imponente imagen que alcanza los dos siglos de existencia. Para la familia Aguilar Martínez, estas figuras no son simples objetos de arte sacro, sino miembros fundamentales de su linaje que han marcado el rumbo de su devoción.

Las paredes de esta casa poceña resuenan con historias de fe que desafían la lógica. Entre los relatos más compartidos destaca el de Nemesio Loredo, quien hoy, a sus más de 80 años, sigue visitando a las imágenes puntualmente. Según cuentan, siendo apenas un niño, su madre lo llevó ante el Señor de la Buena Muerte en un estado de salud crítico. Tras esa visita, su recuperación fue considerada un milagro por los presentes. Hasta el día de hoy, don Nemesio regresa dos o tres veces por año para agradecer aquel favor recibido hace décadas.
La preparación para el Viernes Santo es un acontecimiento que transforma la dinámica familiar. Con júbilo y una logística impecable, los anfitriones reciben a músicos y preparan un desayuno especial para quienes acompañarán a las imágenes en su salida anual.

El clímax llega con la tradicional Procesión de los Cristos de Villa de Pozos, donde las tres imágenes del Lindero se unen al resto de la comunidad en un recorrido de sacrificio y esperanza. Tras una jornada extenuante por las calles del centro, los Cristos regresan a su hogar, donde la familia Aguilar Zavala continuará su labor de fe, manteniendo viva una llama que se ha encendido durante 200 años.
Al final del día, cuando el silencio vuelve a la casa de la familia Aguilar Martínez tras la procesión, queda algo mucho más profundo que el cansancio físico: la satisfacción de ser el eslabón de una cadena que une el pasado con el presente. Los Cristos del Lindero no solo representan la antigüedad de sus maderas o el detalle de sus policromías, sino que simbolizan la resistencia de una identidad poceña que se niega a desaparecer.

Mientras haya una familia dispuesta a abrir sus puertas y un corazón dispuesto a creer en lo imposible, la tradición de Villa de Pozos seguirá caminando con paso firme, recordándonos que a veces los milagros más grandes ocurren en el rincón más humilde de un hogar.