✍️ Michel Martínez
La juventud suele venir acompañada de una sensación de invulnerabilidad. Creemos que el cuerpo puede soportarlo todo y que el cansancio es solo el resultado de una rutina pesada. Sin embargo, detrás de esa fatiga cotidiana puede esconderse una amenaza silenciosa que avanza sin dar tregua. Esta es la realidad de la insuficiencia renal crónica, una condición que cada vez impacta a más personas jóvenes, transformando sus vidas de manera radical y permanente.
A los 31 años de edad, Lucero, una joven potosina en plena etapa productiva y vital, comenzó a notar cambios alarmantes en su cuerpo. Lo que inició como un cansancio fuera de lo común se convirtió rápidamente en un deterioro acelerado de su salud. La pérdida de apetito, el insomnio y una baja de peso drástica encendieron las alarmas médicas. Los estudios de laboratorio confirmaron el peor escenario: una insuficiencia renal crónica avanzada. En ese punto, la única alternativa para mantenerse con vida era iniciar de inmediato el tratamiento de hemodiálisis.
El impacto de recibir una noticia así es devastador. La propia Lucero recuerda la sensación de que el mundo se terminaba en ese instante, enfrentándose cara a cara con la fragilidad de la salud cuando menos se lo esperaba. El diagnóstico no solo trajo consigo el dolor físico y el desgaste de los tratamientos, sino también una profunda reconfiguración de su entorno y de sus expectativas de futuro.
El motor para seguir adelante
A pesar de la severidad de la enfermedad, el aspecto emocional y el entorno familiar se vuelven los pilares fundamentales para resistir. Tras cinco años de sobrellevar esta condición, Lucero reconoce que el proceso ha sido el reto más complejo de su existencia. No obstante, en medio de la adversidad, encontró un ancla inamovible para aferrarse a la vida: sus dos hijos.

La responsabilidad de guiar y proteger a su niño y a su niña se convirtió en su principal motivación para acudir a cada tratamiento y cuidarse rigurosamente. El deseo de no faltarles y de verlos crecer ha transformado el sufrimiento en una muestra de resiliencia diaria, demostrando que el motor afectivo es capaz de sostener a un paciente incluso en los momentos más oscuros.
La prevención como única defensa
El testimonio de esta joven potosina pone en evidencia un vacío crítico en la cultura de la salud: la falta de medicina preventiva en sectores de la población que, por su edad, se consideran ajenos al riesgo. Existe la falsa creencia de que los chequeos médicos son exclusivos de la vejez, lo que retrasa diagnósticos que podrían cambiar el rumbo de una enfermedad si se detectaran a tiempo.
La lección que Lucero comparte hoy es clara y urgente. Acudir a revisiones periódicas y realizarse estudios de laboratorio básicos cuando todavía se goza de aparente vitalidad es la única manera real de prevenir escenarios irreversibles. Cuidarse antes de que aparezcan los síntomas graves no es solo una medida de salud, sino un acto de amor propio y hacia quienes nos rodean.