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El pianista que transforma el asfalto potosino en una sala de conciertos

Jhovany Ayala transforma la Plaza de Armas en su escenario; lleva diez años entre el estudio formal y el bullicio de las plazas públicas.

✍️ Michel Martínez 

Las calles de San Luis Potosí suelen estar llenas del ruido cotidiano: el tráfico, el ir y venir de la gente apresurada y el bullicio del comercio. Sin embargo, en el corazón de la Plaza de Armas, un eco distinto rompe con la rutina. Son las notas de un piano que viajan a través del viento, transformando el pavimento frío en un escenario vivo donde el arte sale al encuentro de cualquiera que decida detenerse a escuchar.

Para los músicos urbanos, la vía pública es mucho más que un espacio para buscar el sustento diario; es el canal democrático por excelencia para hacer que la cultura sea accesible para todos. A través de sus instrumentos, inyectan dosis de alegría y reflexión en medio del ajetreo diario.

De la necesidad a la pasión

Entre los artistas que dan identidad al centro histórico destaca Jhovany Ayala Reyes. Lo que comenzó como una alternativa económica para generar ingresos extra, rápidamente mutó en una vocación profunda que hoy alimenta su espíritu y el de su público. Casi todos los días, Jhovany monta su instrumento frente a las miradas curiosas de los transeúntes, devolviéndole a la plaza su carácter de punto de encuentro humano.

“Ya con el tiempo me fue gustando mucho el venir a tocar; o sea, el que las personas me escuchen, me feliciten hasta cierto punto de lo que toco, de lo que interpreto. Me va bien, me gusta mucho”, comparte el músico con una sonrisa que delata la satisfacción de quien ha encontrado su lugar en el mundo.

La historia de Jhovany con el piano no es fortuita; es el resultado de la constancia. Su romance con las teclas blancas y negras inició durante sus años de secundaria. La curiosidad inicial lo empujó a ser autodidacta, pero su hambre de crecimiento lo llevó a buscar la profesionalización en las aulas de la Escuela de Bellas Artes del estado.

Hoy, con 10 años de trayectoria, su repertorio es un puente generacional. Quienes caminan por el primer cuadro de la ciudad pueden encontrarse con la solemnidad de una pieza clásica, la nostalgia de una balada pop o la energía de los grandes éxitos del rock de los años 60, 70, 80 y 90. A pesar de los desafíos y de la rutina, Jhovany no quita el dedo del renglón: su meta sigue siendo el reconocimiento pleno como pianista.

Por otra parte, la calle también muestra la cara de la indiferencia. En un mundo hiperconectado donde la gente camina absorta en sus pantallas o sumergida en sus propios pensamientos, Jhovany lanza una invitación a la empatía y a la contemplación. Su mensaje no es solo para él, sino para todo el gremio que adopta las plazas como trinchera cultural.

“Normalmente las personas están en su mundo, cada quien escuchando lo que quiere escuchar, pero sí hay que darle el vistazo a la gente que hace un arte. Ahorita yo estoy tocando el piano, pero hay muchas personas que cantan, que bailan, que hacen otro tipo de show que también es bueno; no nada más está la música”, reflexionó.

Al final del día, cuando el sol se oculta tras los edificios coloniales de San Luis Potosí y Jhovany resguarda sus partituras, queda en el aire la certeza de que las ciudades no solo se construyen de concreto, sino de los acordes y las historias de vida de quienes, como él, se atreven a musicalizar el asfalto.