Las democracias no funcionan porque todos pensemos igual. Tampoco porque todos estemos de acuerdo. Funcionan porque existen papeles distintos que, al respetarse mutuamente, permiten que el sistema encuentre equilibrio. El periodista pregunta; el político gobierna y responde; el ciudadano observa, participa y exige; el juez interpreta la ley; la academia estudia, propone y cuestiona. Todos ejercen libertades, pero todas ellas encuentran sentido cuando se acompañan de responsabilidades.
Lo preocupante comienza cuando dejamos de comprender esa arquitectura. No porque alguien piense distinto, sino porque alguien decide abandonar el papel que le corresponde para asumir el de otro o, peor aún, cuando intenta obligar a los demás a interpretar el personaje que necesita para sostener su propia narrativa. Entonces la democracia deja de ser una conversación entre funciones distintas y comienza a convertirse en una competencia por ocupar el mismo escenario.
Los últimos días nos han dejado ejemplos que, vistos de manera aislada, parecerían no guardar relación entre sí. La difusión del audio en el que el periodista Samuel Roa es confrontado por Gerardo Sánchez Zumaya y José Luis Romero Calzada, con la intervención del diputado David Azuara; el debate alrededor de la llamada Ley Serrano, que plantea sanciones frente al uso de inteligencia artificial con fines de daño moral o perdida de fama que abre la discusión sobre la viabilidad de un registro de periodistas, medios, fuentes y plataformas; mas allá de medidas cohercitivas, las consignas que comunicadores como Omar Niño han colocado sobre la tribuna respecto a los alcances o la visión de libertad para comunicar; o incluso las recientes definiciones partidistas que han reconfigurado el camino político de algunos actores. Todos son hechos distintos, pero terminan conduciendo a una misma pregunta: ¿seguimos entendiendo cuál es el papel que corresponde a cada uno dentro de una democracia?
Confieso que el audio de Samuel Roa me resultó particularmente inquietante. No por quiénes participan en él, sino por lo que el tipo de conversación representa. Un periodista nunca debería ser tratado como un adversario político por el simple hecho de ejercer su función y mucho menos condicionar su ejercicio. La política, y los políticos, tienen todo el derecho de responder, aclarar, debatir e incluso señalar errores; lo que no debería hacer es sustituir el argumento del que se pudiera partir por la presión o el amedrentamiento, mucho menos el condicionamiento. Del mismo modo, el periodismo tampoco fortalece su libertad cuando confunde la investigación con la militancia, cuando la crítica, por meramente ser vertida, sustituye al rigor o cuando la información deja de buscar la verdad para convertirse en instrumento de presión. En ambos extremos el problema es el mismo: se abandona el papel y comienza la disputa por ocupar el del otro o el todo.
Algo similar ocurre con la discusión que ha despertado la llamada Ley Serrano. Es legítimo preguntarse cómo proteger a las personas frente al uso de inteligencia artificial para fabricar contenidos destinados a destruir reputaciones o vulnerar derechos; sería ingenuo pensar que el Estado puede permanecer indiferente ante ese desafío, y sería motivo de señalamiento que el Legislativo no lo abordase; Pero también es legítimo preguntarse si cualquier mecanismo de control puede terminar generando temor para investigar, cuestionar o informar. Entre ambos extremos existe una tensión real y, precisamente por ello, merece mucho más pensamiento que consignas y señalamientos. Lo mismo sucede cuando se discute la responsabilidad de quienes informan: la libertad de expresión jamás debería convertirse en libertinaje, pero tampoco la responsabilidad del ejercicio de dicho derecho puede transformarse en un pretexto para inhibir la crítica.
Hace apenas un mes, al presidir el Comité Organizador del Premio Estatal de Periodismo 2026, compartía una reflexión sobre la inteligencia artificial que hoy cobra todavía más sentido. Decía entonces que la IA podía convertirse en una herramienta extraordinaria, siempre que el pensamiento crítico siguiera siendo una responsabilidad exclusivamente humana. Hoy añadiría algo más: ninguna tecnología sustituirá la ética; ninguna ley reemplazará el criterio; y ningún algoritmo resolverá aquello que depende, inevitablemente, de la responsabilidad con la que cada persona ejerce el papel que le corresponde.
Quizá por eso me preocupa otra forma de polarización que hemos normalizado. Ya no consiste únicamente en dividirnos entre unos y otros; consiste en obligarnos a escoger un personaje antes de comprender el problema. Si cuestionamos a un político, alguien asumirá que somos oposición; si reconocemos un acierto, otros concluirán que somos oficialistas; si defendemos la libertad de expresión, habrá quien suponga que justificamos cualquier exceso; y si exigimos responsabilidad, no faltará quien nos acuse de promover censura, créanme, ya me pasó… Poco a poco dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en personajes escritos por alguien más, renunciando incluso a la posibilidad de construir nuestro propio criterio.
Y, sin embargo, esta misma semana ocurrieron también otras cosas. La Selección Mexicana avanzó a la siguiente ronda y millones celebramos el mismo gol sin preguntarnos por la preferencia política de quienes estaban en la cancha. La Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí ofreció un concierto memorable durante el vigésimo quinto aniversario de la Universidad Politécnica; nadie necesitó conocer la ideología del director, de los músicos o del público para emocionarse con la interpretación. La Universidad celebró un cuarto de siglo de historia recordándonos que el conocimiento, la cultura y el esfuerzo colectivo siguen siendo capaces de convocarnos desde aquello que compartimos y no desde aquello que nos divide.
Quizá ahí se encuentre una enseñanza que vale la pena conservar. Las sociedades no se fortalecen únicamente cuando saben debatir; también cuando preservan espacios donde el mérito, el trabajo, la cultura, el deporte y la educación continúan siendo suficientes para producir orgullo colectivo. Tal vez la democracia deba aprender un poco más de esos momentos, porque el verdadero desafío no consiste en pensar igual, sino en recordar que la libertad de cada actor no radica en hacer todo lo que puede, sino en ejercer plenamente aquello para lo que existe, sin impedir que los demás hagan lo propio.
Cuando olvidamos nuestro papel, dejamos de construir democracia para comenzar a representar una confrontación permanente. Cuando lo recordamos, descubrimos que el país siempre será mucho más grande que nuestras diferencias.
Si no cambió, no fue pensado.
✍️ Néstor Eduardo Garza Álvarez
Maestro en Derecho Internacional y Administración Pública