Siempre me ha parecido curioso que, cuando analizamos a un gobernante, solemos concentrarnos en sus decisiones, en sus obras o en sus resultados; pocas veces nos detenemos a observar aquello que las antecede: la manera en que razona. Sin embargo, quizá sea precisamente ahí donde comienza todo, porque antes de existir una política pública existe una idea; antes de construirse una obra existe una forma de comprender la realidad; y antes de gobernar de una determinada manera, alguien aprendió a pensar de esa manera.
Hace unos días, durante la conmemoración de los veinte años del movimiento de la “Gallardía”, el alcalde de San Luis Potosí, Enrique Galindo Ceballos, afirmó que no encontraba nada digno de celebrarse. Confieso que la frase llamó mi atención, aunque no por la crítica misma —la crítica resulta indispensable en cualquier democracia— sino por el razonamiento que la sostiene. Afirmar que aún queda mucho por hacer es una cosa; sostener que nada merece reconocerse es otra completamente distinta…y fue ahí donde comenzó esta iteración.
No pretendo ni a título personal y mucho menos ajeno responder una declaración política, sino que me pareció un magnífico ejemplo de cómo una forma de pensar termina revelando una forma de gobernar: Existe una diferencia profunda entre utilizar el pasado para explicar la necesidad de transformar y utilizarlo únicamente para justificar la propia, del declarante, existencia, parecieran ejercicios similares, pero no lo son. En el primer caso, la crítica señala aquello que debe cambiar para construir algo distinto; en el segundo, necesita disminuir cualquier mérito anterior para hacer indispensable la llegada o aparición propia. El primero parte de una realidad; el segundo necesita editarla para darle sentido a su “existir”.
Y haciendo retrospectiva, quizá por eso siempre me llamó la atención la manera en que el gobernador Ricardo Gallardo ha utilizado durante años la expresión de la “maldita herencia”, ese concepto nunca pretendió demostrar que antes no existía absolutamente nada; buscaba describir una forma de gobernar que, a su juicio, había normalizado la inmovilidad, la indiferencia y la incapacidad para ejecutar proyectos que durante años permanecieron detenidos. La crítica, al expresarlo, no terminaba en el diagnóstico; encontraba sentido únicamente si era capaz de justificar una transformación, misma que siempre vino acompañando a la crítica y ahí aparece una diferencia que me parece fundamental:
Criticar exige algún tipo de inteligencia, transformar exige algo más: asumir responsabilidades.
Resulta relativamente sencillo explicar por qué las cosas no funcionan; mucho más complejo es demostrar, desde el espacio que hoy se gobierna, qué somos capaces de hacer con la responsabilidad que ya nos fue confiada;
Por eso, cuando escucho hablar de seguridad, inevitablemente pienso en la seguridad de la ciudad que hoy se gobierna; cuando escucho hablar del agua, pienso primero en el sistema de administración del agua de la ciudad cuya administración ya se tiene; y cuando escucho hablar del futuro del Estado, me pregunto qué nos dice el presente de quien aspira a conducirlo…
No me malinterpreten, no digo que un alcalde deba limitar su opinión al ámbito municipal, sino porque la autoridad moral de cualquier aspiración comienza por la manera en que se ejerce la responsabilidad actual.
La historia explica muchas cosas, pero no gobierna… Llega un momento en que toda responsabilidad deja de mirar hacia atrás y comienza a ser evaluada por lo que es capaz de producir ahora y si tiene la capacidad de ir hacia adelante. Ese momento llega para todos los gobiernos, sin excepción.
Quizá por eso la humildad de reconocer sea una virtud política tan poco frecuente. Reconocer que nadie inaugura la historia; que incluso nuestros adversarios pudieron haber acertado alguna vez; que una buena idea no pierde valor porque haya nacido en otro proyecto; y que transformar nunca ha significado destruir todo lo anterior, sino tener la inteligencia y uso crítico de la misma para conservar aquello que merece permanecer y el carácter necesario para cambiar aquello que ya no puede seguir igual.
El ego, en cambio, necesita otra cosa; Necesita convencerse de que todo comenzó con él, el propio ego y el de la persona que lo lleva consigo y cuando esa forma de pensar termina gobernando, la realidad deja de ser el punto de partida para convertirse en un obstáculo que debe adaptarse al relato.
Porque, al final, un gobernante que sólo reconoce aquello que él mismo hizo termina gobernando para su ego y no para la historia. La historia no nos pide que la inauguremos; nos exige estar a la altura del momento que nos toca vivir. Nos recibe con problemas que no provocamos, con aciertos que tampoco nos pertenecen y con la responsabilidad —esa sí completamente nuestra— de decidir si habremos de negarlos para justificar nuestra llegada o transformarlos para justificar nuestra permanencia.
Quizá por eso la mediocridad no siempre consiste en hacer poco; a veces consiste en necesitar disminuir el mérito ajeno para que el propio parezca suficiente.
Si no cambió, no fue pensado.
✍️Néstor Eduardo Garza Álvarez
Maestro en Derecho Internacional y Administración Pública