En los últimos años, la participación política de las juventudes ha sido un tema recurrente en el discurso público. Se nos nombra, se nos convoca y, en apariencia, se nos incluye. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿qué tipo de participación se nos está ofreciendo realmente?
Para muchas y muchos de nosotros, el primer acercamiento a la política suele darse desde lo operativo: cargar banderas, pegar calcomanías, repartir volantes o movilizar gente en tiempos electorales. Y sí, es importante reconocerlo, así empezamos la mayoría. Es parte del proceso, del aprendizaje y del involucramiento inicial. Pero reducir nuestra participación únicamente a estas tareas es limitar profundamente nuestro potencial y, más aún, es perpetuar una visión utilitaria de las juventudes dentro de la política.
Nosotras y nosotros no queremos ser solo fuerza de movilización. Queremos ser parte de la toma de decisiones. Queremos construir agenda, incidir en políticas públicas, debatir ideas y asumir responsabilidades reales. Porque participar no es solo estar presentes, es tener voz, voto y capacidad de transformar.
Existe una práctica que, aunque poco se dice abiertamente, todas y todos conocemos: enviar a las juventudes al “matadero”. Es decir, asignarnos candidaturas en distritos históricamente perdidos o en condiciones claramente desfavorables, donde la competencia es prácticamente inexistente. No lo digo desde la teoría, lo digo desde la experiencia. Fui candidata a diputada federal por el distrito 6 en San Luis Potosí, y como muchas otras personas jóvenes, entendí lo que significa competir en condiciones desiguales. Esto no es inclusión, es simulación. Es cumplir con una cuota generacional sin un compromiso real con el fortalecimiento del liderazgo juvenil.
Bajo esta lógica, no se nos ve como agentes de cambio, sino como piezas reemplazables dentro de una estrategia electoral. Se nos da visibilidad momentánea, pero no poder real. Se nos permite participar, pero no decidir. Y eso, lejos de fortalecer la democracia, la debilita.
Si de verdad queremos hablar de una participación política juvenil auténtica, necesitamos cambiar el enfoque. Necesitamos estar en las mesas donde se discuten los temas que afectan a nuestras generaciones: educación, empleo, salud mental, seguridad, medio ambiente. Necesitamos ser parte activa en la construcción de soluciones, no solo en la promoción de campañas.
Las juventudes somos diversas. Somos estudiantes, trabajadoras y trabajadores, emprendedoras, activistas, madres y padres jóvenes. Somos también juventudes de la comunidad LGBT+, juventudes con discapacidad, juventudes que viven distintas realidades sociales, económicas y culturales. Y precisamente por esa diversidad, nuestras voces son indispensables para construir políticas públicas más justas, más incluyentes y más cercanas a la realidad.
Pero también necesitamos hacer autocrítica. Las juventudes tenemos que involucrarnos más, participar más, informarnos más y, sobre todo, criticar más. Porque cuando dejamos de cuestionar, dejamos de transformar. Y en muchos casos, hemos optado por alejarnos de los partidos políticos y refugiarnos en organizaciones apartidistas. No por apatía, sino por decepción. Porque no vemos un respaldo real, ni espacios genuinos donde nuestras ideas sean tomadas en serio.
Hoy más que nunca, necesitamos reconstruir esa confianza. Pero esa responsabilidad no es solo de las juventudes, también es de quienes hoy toman decisiones y controlan las estructuras políticas. Abrir espacios no es suficiente si no se cede poder. Escuchar no es suficiente si no se actúa en consecuencia.
No se trata de desplazar a otras generaciones, sino de construir una política intergeneracional, donde la experiencia y la innovación convivan en condiciones de respeto y equilibrio. Pero para que eso suceda, debe existir una voluntad real de compartir el poder, no solo de administrarlo.
Las juventudes no queremos ser relleno en las listas, ni cumplir con un requisito legal. No queremos escenarios diseñados para perder ni oportunidades condicionadas. Queremos competir en igualdad de condiciones, queremos ser tomadas en serio y queremos construir desde adentro.
Si la política institucional no abre espacios reales, las juventudes los vamos a crear. Y si no encontramos representación, nos vamos a organizar hasta convertirnos en ella. Porque no estamos pidiendo permiso para participar: estamos exigiendo el lugar que nos corresponde.
Y ese lugar no se negocia, se construye… o se arrebata.
Por: Mei Ham.