✍️ Kenia Hernández
A pocos minutos de que finalizara el cuarto partido de la selección mexicana, en las calles de San Luis Potosí se respiraba un aire de tensión que va desde la confianza hasta la incertidumbre.
En el primer cuadro de la ciudad, hileras de patrullas custodiaban la Avenida Carranza, a la espera de que, a las 22:00 horas centenas de aficionados salieran a festejar el inminente triunfo de México contra Ecuador.
No es de extrañar que la expectativa de euforia sea mayor en esta ocasión, a menos de un mes de que arrancó la Copa Mundial, el equipo tricolor acumula cuatro victorias invictas sin goles en la portería mexicana.
Los ecos suenan en cada esquina: desde los departamentos a lo lejos, hasta los restaurantes botaneros. Las familias interrumpen sus tragos de cerveza e ignoran sus órdenes de alitas para darle un soplido a su trompeta o un rugido a sus maracas.
Mientras tanto, entre semáforos, carros y camionetas corresponden los coreos con sus claxons en tono alegre. Los vendedores de espuma tampoco desaprovecharon el hito y aguardaban pacientemente el marchar de la afición acalorada.
Mientras tanto, los motores de las patrullas se calentaban. Entre las filas destaca un tanque militar cuya imponencia contrasta con el furor de la plebada, algunos opinarán que es exagerado pero otros dirán que es apenas necesario.
Durante festejos de los últimos partidos, en otros estados, además de cantar mariachi también sonaron lamentos y llantos de personas que perdieron a su familia o resultaron heridas en las trifulcas. La multitud pierde la pena pero gana anonimato y en la noche, ese poder puede cobrar vidas y también patrimonio.
Las personas llegaron de poco a poco mientras desfilaban a un costado del Jardín de Tequisquiapan, penosos todavía de invadir los carriles de Carranza. Pero el escape de algunas motos y las banderas de México se ondeaban bajo un cielo despejado, esperando por fin corear el definitivo: “¿Dónde están, dónde están? Los pendejos que nos iban a ganar”.