El 30 de septiembre, mientras en las oficinas centrales se celebraban cifras de afiliación, una mujer daba a luz en el baño del Hospital General de Zona número 1, aquí en San Luis Potosí, después de horas esperando que alguien la atendiera. Dos noticias del mismo instituto, la misma semana. Una cabe en un boletín de prensa; la otra se quedará para siempre en la memoria de una familia potosina.
Al cierre de septiembre, el IMSS registró casi 23 millones de puestos de trabajo. Detrás de ese número estamos muchos jóvenes: el que acaba de conseguir su primer empleo formal, la que revisa con orgullo su primer recibo de nómina y ve el descuento de la cuota del Seguro sin pensarlo mucho, porque se supone que ahí estará cuando lo necesite. Pero ahí empieza la trampa. Pagamos la cuota cada quincena y, cuando la receta regresa sin surtir, pagamos la farmacia privada. Pagamos dos veces.
Esta semana, quienes mejor conocen al IMSS por dentro salieron a decirlo en voz alta. Médicos, enfermeras y trabajadores en distintos estados del país se han movilizado para denunciar lo que los pacientes ya sabíamos: faltan medicamentos, faltan gasas, jeringas y guantes. Hay enfermeras que compran con su propio sueldo el material para atender a sus pacientes. Ellos también pagan dos veces: con su salario y con su vocación. Y cuando levantan la voz, se encuentran con reglas que castigan la crítica en lugar de escucharla.
Para una generación que apenas empieza, que renta, que todavía paga su carrera y que ahorra para lo básico, una enfermedad no es solo un problema de salud. Es un golpe que puede descarrilar un proyecto de vida completo. El gasto de bolsillo en salud de las familias mexicanas ha crecido de manera alarmante en los últimos años, y ese gasto no lo absorben los informes: lo absorben nuestras quincenas.
Pero esto no es solo de quienes cotizan; es de todos los que tienen derecho a la salud. Y no siempre fue así. Hace dos décadas, México apostó por un modelo que buscaba que ninguna familia sin seguridad social quedara desprotegida: el Seguro Popular. Tenía fallas, como cualquier política pública, pero tenía rumbo, reglas claras y millones de afiliados. En 2020 se desmanteló para dar paso al INSABI, que no duró ni cuatro años, y después a IMSS-Bienestar. Tres modelos en seis años. Y en cada cambio, la factura la pagaron los pacientes.
En cualquier relevo, la estafeta se entrega en buen estado. A nuestra generación se le pide tomar la estafeta de un sistema de seguridad social que se construyó durante más de ochenta años con el esfuerzo de nuestros padres y abuelos. Nos toca sostenerlo con nuestras cuotas, pero nos lo están entregando desgastado, sin medicinas y con su personal agotado. No se vale exigirle a quien corre la siguiente vuelta que lo haga con los tenis rotos.
Esto no se resuelve con recorridos, con boletines ni con cifras de afiliación. Se resuelve con abasto real, con personal suficiente y bien pagado, con hospitales que funcionen y con la humildad de reconocer que el sistema está fallando antes de que falle una vida más.
A los jóvenes potosinos: no normalicemos salir de la clínica con la receta en la mano y la cartera vacía. Denunciemos, documentemos, exijamos; es nuestro dinero y es nuestra salud. Y a quienes hoy tienen en sus manos el Seguro Social: escuchen a los médicos y a las enfermeras antes que a sus propios informes. Ellos están en el piso, no en el escritorio.
Nuestros abuelos construyeron el Seguro Social para que nadie tuviera que elegir entre su salud y su quincena. A nosotros nos toca que esa promesa no se quede impresa en un recibo de nómina. Porque una generación que paga dos veces y no recibe nada, tarde o temprano deja de creer. Y no hay relevo posible con una generación que ya no cree.
✍️ Martín Zacarías Ramírez Ramos
Secretario Estatal de Acción Juvenil del PAN en San Luis Potosí